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Parto de Nicanor | 23 janvier 2008

Recuerdo todo, ni en las contracciones más fuertes perdía noción; luego concluí que se debía a que tenía que contárselo a Miky.
 El 10 de diciembre viajamos a Buenos Aires, sobre el límite permitido por mi dra. para subirme a un avión, redonda como una mezcladora de cemento. A las pocas horas, Miky volvía a Ushuaia, en plan laboral; en una semana terminarían las actividades a las cuales no podía faltar, y según los cálculos, hasta podríamos salir solos alguna vez, Camilo se quedaría con los abuelos.
 Debido a una enfermedad asociada al embarazo, además de los cuidados alimenticios que opté realizar por sabio consejo de Antonio; las molestias se concentraban en la noche, con la picazón, lo que me dejaba dormir muy poco. La noche que peor la pasé, me dormí a las 6 de la mañana, me hizo usar la receta que tenía por las dudas, para hacerme un control en sangre; en pocas horas me enteré que las enzimas hepáticas estaban muy altas, y me asusté enseguida porque sabía lo que significaba. La llamé a Alejandra (mi obstetra) para pasarle los datos, y me preguntó cuando llegaba Miky. Le contesté que al día siguiente a las 3 de la tarde; así que cuando él llegará tendríamos una charla los tres; ella me decía que no podía afrontar esto sola ante mis preguntas inquietas. Pero bueno, me tranquilizaba escuchar que agotaríamos todas las instancias antes de tener que llegar a una cesarea. Lo llamé a Miky para contarle, y terminó en lo obvio para cualquiera que me conoce, pidiéndome que no llore; pasó lo evidente, lloré lo mismo (lo que no sale por un lado, sale por otro, ante esa premisa, nunca averiguaré adonde van las lágrimas). Me puse a lavar la ropa (a mano, como toda la de los bebés), y hacía un calor, de esos que se llevan el aire que uno debe respirar... igual lavaba sin parar. Desde el mediodía había tenido contracciones esporádicas, pero con tanto nervio, me pareció normal que el bebé dé su opinión al respecto. Llegó mi mamá, y después de contarle, me obligó (porque amablemente no entiendo se ve) que vaya a descansar un rato ya que no había dormido nada, y Camilo estaba con mi papá en el negocio, andando en zampi, tenía que aprovechar. Puse el aire, prendí la tele, y me quedé dormida. Cuando me desperté, las contracciones seguían, y como código morse me la llevé a marzo, el bebé siguió insistiendo cada vez más seguido.
 Creo que cocinamos con mi mamá esa noche, y Camilo demoró en comer como es su costumbre, pero más tardó en dormirse. Esa semana, sin Miky, había sido difícil para él, porque cuando tenía sueño o lo retaba, se acordaba de que lo extrañaba al papá. Le leí cuentos dos horas,  lo calmé y se durmió por fin a las 12.30. Ahora me tocaba dormir a mí, que estaba tan cansada... pero me puse a mirar tele y a llamar a Miky ya que las contracciones no me dejaban dormir.
 A las 2 de la mañana la desperté a mi mamá para preguntarle sí “eso” era el tapón. Mi mamá me dijo después, que saltó de la cama casi con un infarto, porque dice que cada vez que empiezo las frases con: -Mami, vos no te preocupes, pero...-, tenía que decirle cosas graves, y la desperté así. Por supuesto, debido a la taquicardia, no se pudo dormir más, se quedó contándome las contracciones y tomando café. Insistía en decirme en que estaba con trabajo de parto y que la llame a Alejandra. Eran las 4 de la mañana, y pasaron varias cosas: ya me había bañado; había llamado a Miky y tenía apagados los teléfonos; mi papá se había levantado por el olor a Procenex, y ya hacían más café;  y Limay (la perra más grande de mis papás, y que tuvo muchas pariciones) empezó a llorar y a querer hacer un pozo en el patio... sí ella se preparaba para un parto, ahí iba a haber uno. Así que ahí sí me convencí, y la llamé a Alejandra a las 4 de la mañana. Me dijo que ya salían para allá. 
 La desperté a Sole (mi prima), para pedirle que vaya hasta casa a despertar a Miky, y contarle que estaba en trabajo de parto, y que intente tomar un avión más temprano. Lo despertaron con Diego, pero aunque fue al aeropuerto, estaba cerrado y no había vuelos hasta el suyo, después nos enteraríamos.
 Cuando las Alejandras (con la neonatóloga, las mismas Alejandras que nos asistieron el parto de Camilo) llegaron,  nos abrazamos tiernamente; tal como lo necesitaba de quiénes trajeran a mis hijos a este mundo.
 Después de charlar, Ale me revisó y estaba con 4 de dilatación. A partir de ahí, se sucedieron las rondas de mate y chocolate entre las Alejandras y mis papás. Me di dos largos baños en agua tibia sentada en un banquito plástico por consejo de las Alejandras que me calmaron la intensidad de las contracciones. Busqué la camisola que había elegido para usar en el parto, una color medio salmón, y le abroché una medallita de San Benito que me acompaña hace años, tal como lo había hecho en el parto de Camilo. Caminaba. Mis quejidos aumentaban con el correr de las horas. Ale (neo) me masajeaba el sacro y la cintura durante las contracciones, lo que agradezco profundamente. A Ale (obs) cada tanto la veía adormilada en el sillón frente al mío. Mi papá me trajo el equipo de música y puso un cd de María Bethania que le di (el cual no cambiaríamos, lo escuchamos como 4 veces esa noche). Ubicamos el banquito de parto en el living, uno que nos hizo un carpintero amigo en madera de lenga, a mi medida, pensando que iba a ser significante tenerlo de recuerdo, y que el material aportaría algo de nuestro hogar austral.
 Todo lo que pasaba a mi alrededor me tranquilizaba y daba sensaciones de que todo andaba bien. Sí todos estaban tranquilos,  descalzos, tomando mate y hablando relajadamente de los hijos, de la vida... íbamos bien.  Cada tanto llamaba a Miky, cada tanto hablaban las Alejandras para contarle como avanzaba el trabajo de parto... y varias veces lloré nombrándolo y llamándolo en las contracciones, me preguntaba cómo iba a poder sin él, sí tendría fuerzas, y también me entristecía reconocer que no iba a llegar al nacimiento de su hijo, que estábamos lejos. 
 Alrededor de las 8 de la mañana, Camilo se despertó. Me dio un beso, se quedó sorprendido por el movimiento y por tanta actividad matutina, y le pedí a mi mamá, pasado un rato, que se lo llevaran. Las contracciones me hacían gritar, y pensé que podían asustarlo, ya faltaba muy poco. Así que lo cambiaron y se fueron a una confitería a desayunar. Mi papá volvió como le había pedido; y las Alejandras me cuentan que cuando él llegó, pareció que lo esperaba para que todo se desate. Yo ya estaba sentada en el banquito con 10 de dilatación, y el lugar en la silla detrás de mí que ocupaba Ale (neo), se lo cedió a mi papá. Me agarró de las manos, descansé sobre él entre las contracciones, me daba besitos en el cuello. Ale (obs) me agarraba de la mano para hablarme dulcemente y darme ánimo, diciéndome cómo iba todo. Ale (neo) me daba agua, tenía tanta sed y calor. Acompañaron mi naturaleza, esperaron al bebé sin apresurar el nacimiento. Esperaron los tres durante los descansos, en paz y en silencio; tan amorosamente.
Luego de muchos pujos, Ale (obs) me decía que tenía que decidirme, que cuando yo quisiera, el niño iba a nacer, que ya estaba todo preparado para que sucediera. Otra vez me preguntaba sí iba a poder, a tener fuerzas, y de dónde vendrían. Recordé algo que ella misma me había dicho en una consulta, que yo ya había podido una vez, ahora iba a poder; luego de recordarme unos momentos difíciles del parto de Camilo.
 Me faltaba Miky. Lo llamé, y me agarraron el teléfono porque no pude hablar más porque parecía que tomaban fuerza los pujos con su voz.
 Mi papá había salido a la puerta a tranquilizar a dos vecinas que me llamaban desde afuera, inquietas por los gritos, creyendo que estaba sola.
 Nicanor nació a las 9.20 de una mañana calurosa. Mi papá me sostuvo muy fuerte las manos, y cuando me lo pusieron sobre el pecho, descansé sobre él. Llamó a Miky inmediatamente, y él pudo sentir los primeros quejiditos. Era tan chiquito y bello. Esperamos varios minutos a que deje de latir el cordón, y mi papá lo cortó por pedido mío. Nicanor ya estaba cubierto con una toalla y más rosadito. A Nicanor lo limpiaron, revisaron y limpiaron sobre mi pecho. Más tarde, luego de la placenta, y dos puntos por un pequeño desgarro; empezó a tomar la teta, como sí supiera.
 Llegaron mi mamá y Camilo. Nicanor le había traído un regalo a Camilo, una caja de herramientas, con herramientas de verdad como él quería. Camilo se acostó al lado nuestro, besó a su hermanito, lo acarició y desde entonces simulan a las lapas.
 Nos fuimos a la cama a descansar, y a esperar a Miky ansiosamente. Llegó con retraso, lo esperaban mi papá y Camilo, llenos de emociones. Yo estaba tan feliz de abrazarlo al fin, de presentarle al angelito. Le cambió su primer pañal, y después nos quedamos todos en la cama. Mi mamá nos preparó comida, y nos quedamos todos en el cuarto contándonos el último día.
Esa noche fue preciosa, Nicanor dormía entre nosotros; nuestra familia era de cuatro ahora.
 En la vida, uno ama a muchas personas. Muchas veces uno ama hasta las lágrimas, hasta el dolor más intenso, hasta no poder dormir... uno está seguro que amará a ese alguien así toda la vida. Uno se regocija en el amor, y amamos también a la persona en quién nos convertimos cuando amamos; y justo ahí, nace un hijo, y todo ese amor que conocíamos es chiquito, casi efímero; al lado de ese pequeño bebé que nos reinventa, que nos bendice.
 Les agradezco a las Alejandras por el cariño, la contención, la profesionalidad y el respeto con que nos acompañaron a todos. Les agradezco sus palabras cálidas, y su accionar sabio. Les agradezco que respeten la naturaleza, y que respeten mis deseos de no intervención cuando no es necesario (total, sí se precisa, se hará lo necesario obviamente). En cualquier centro de salud, yo era una cesarea: Tenía colestacia y Nicanor nació con dos vueltas de cordón, una en el cuello, y la otra en bandolera; las cuales no modificaron el ritmo cardíaco del bebé durante el trabajo de parto, que Ale (obs) controló incansablemente. Entiendo ahora, que el trabajo de parto se desató ese día, porque comprendí el riesgo que corría el bebé con las enzimas altas; el bebé está sano, por eso sucedió, la naturaleza es sabia. Les agradezco la pasión y compromiso en sus profesiones, con valores amables con nuestro cuerpo, nuestra naturaleza y sentimientos.
 A mis papás, les agradezco profundamente el amor con el que nos acompañaron y ofrecieron su hogar, en el que nos criamos con mi hermano, para “parir en casa”; una idea a la cual no comulgaban completamente, pero que respetaron y participaron. A mi mamá, le agradezco la serenidad con la que vivió la experiencia,  los abrazos de esa noche, la emoción vivida y trasmitida tan dulcemente. A mi papá, el reposo en sus brazos, la fuerza en su cariño, para que Nicanor nazca. A los dos, el amor infinito de papás y abuelos tan queridos.
 A Miky, mi tierno amor, le agradezco su compañía diaria, que hacen nuestra vida. Que me dé la posibilidad de ser madre y esposa a su lado, que me lleve de la mano, que me regale flores, que me mire siempre tiernamente, y que amemos y cuidemos esta familia que es mi vida, entre el bosque, en las montañas, con nuestros niños de cuatro patas, tomando mate mientras nos contamos el día y los sueños.
 Pau.

Publié par sefueenuncrucero à 20:24:26 dans se fue en un crucero | Commentaires (1) |

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